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5 ene 2011

Ramen

Algunas impresiones de nuestro primer ramen en Tokyo.

Promoción de 500 yenes (unos 75 pesos).

 Satomi, una de nuestras amigas. Al fondo, algún trabajador apuraba su cena.

El servicio fue rápido. Todos los platos incluían chuletas o algún otro componente de cerdo. A la derecha, en blusa roja, Minori, otra de nuestras anfitrionas.

Lo correcto no es cortar el fideo con los dientes, sino sorberlo entero. Hacer ruido al sorber es no solo aceptable, sino incluso deseable, pues esto evita que nos quememos la boca. El ramen, como todos los líquidos calientes que se sirven en la comida japonesa, se sirve muy caliente. 

Satomi y Minori posan con sus respectivos platos.

Tips para recordar:
  • En Japón no existen las propinas. No es necesario dejarlas a ningún servidor... a pesar de que el servicio es tan bueno, que realmente dan ganas de hacerlo.
  • A la hora de pagar, no existe el redondeo, porque el yen no tiene centavos. Esto es, siempre se recibe el cambio exacto, no importa qué tan grande sea la cantidad con la que se pague. Así que si pagamos algo que costó 247 yenes con un billete de 1000 yenes, inequívocamente recibiremos 753 yenes de parte del cajero. 
  • No obstante, la cantidad mínima que sirve para comprar algo, comúnmente, son como 100 yenes. Así que en Japón es útil usar un monedero para todos esos yenes sueltos (algo que nunca hice y me metió en problemas).
  • En restaurantes, etc. olvídate de gaseosas o sodas; lo común es tomar té verde (ocha), el cual puede no ser del agrado de ciertas personas. En todo caso, siempre puedes pedir agua natural.
  • Las servilletas son usadas en restaurantes, pero no en todos; los japoneses generalmente no las usan. En vez de eso, es común que, antes de servir la comida, el mesero distribuya toallas calientes, que son usadas para limpiarse las manos antes de comer (y, en todo caso, durante y después).
  • Generalmente pueden pedirse cubiertos occidentales, pero en lugares pequeños puede que no haya. De cualquier manera es mejor tratar con los palillos; los platillos y los trastes están formulados para usar palillos. Estos pueden requerir práctica para ser dominados. Así que si irás al Extremo Oriente, desde algunos meses ve practicando con un par de palillos que consigas en cualquier lugar de comida oriental.

El primer día.


Los protagonistas de esta historia: mi novia Hiroko y un servidor. Hiroko es japonesa; somos pareja desde hace poco más de dos años. Este año 2010, tras muchos ahorros e ilusiones, logramos hacer realidad nuestra ilusión: visitar su país natal.

Salimos del aeropuerto de Monterrey, Nuevo León en la mañana del día 23 de diciembre. El trabajo de ella, como traductora en una planta de Ramos Arizpe, Coahuila (ciudad conurbada a Saltillo, donde vivimos), le permitió tener un par de semanas de vacaciones, debido a la inactividad de la planta. Por mi parte, acumulé días de descanso pagado. Así nos hicimos de un paréntesis de 11 días. 

Transbordar en DFW, uno de los aeropuertos más grandes del mundo, no habría sido problema de no ser por las políticas de revisiones aéreas de Estados Unidos. La línea para la revisión era demasiado larga y temimos perder nuestra conexión. Afortunadamente, alguien lanzó el aviso: "más adelante hay otro puesto de check in y está vacío." Corrimos a ello. Minutos más tarde, vía el Sky Train, llegamos a nuestra sala y abordamos.


El Boeing 777 está equipado con todo lo que American Airlines te puede dar gratuitamente en un vuelo tan largo: tres comidas y un sistema de entretenimiento. Solo así, quizás, pueda concebirse racional durar 14 horas sentado en un asiento en el que escasamente hay espacio para uno, mucho menos para las cosas propias.

Viajar en avión ha perdido mucho de su glamour, pero al menos siguen existiendo detalles de sofisticación.





Al bajar del avión de Monterrey a Dallas dejé de escuchar español. Al subir a este avión comencé a escuchar japonés... fue esto, y la entrega de las formas de inmigración japonesas, que me dieron la primera evidencia real de estar entrando a un mundo nuevo, el mundo de Oriente.



No hay espacio. No me quito la chamarra porque ahí porto mis documentos. Hay que ingeniárselas para poder comer.


Viajamos siguiendo al sol. En medio de la noche simulada (cerrando persianas y apagando luces) nos sirven una cena. 

No soy bueno para dormir en los transportes, pero al final el cansancio me vence. Hiroko venía dormida desde antes que yo. Aún así, el jet lag será inclemente más tarde.
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Al fin llegamos a Narita, el aeropuerto principal de Tokyo para vuelos internacionales. 





El cansancio no me impide que, al pasar por inmigración, tenga mi primera impresión de la amabilidad japonesa. Atrás de mí venía una familia colombiana: son los últimos latinos que veré en un buen rato.



Información por todos lados. Narita no luce tan moderna como otros aeropuertos de su talla, pero pocos le ganarán en eficiencia. Los japoneses están acostumbrados, al parecer, a la sobrecarga de información - pero también saben transmitirla eficientemente. 

Hemos sido recibidos por dos muy buenas amigas, Satomi y Minori. Ambas hablan español y las conocí hace un par de años; para Hiroko la amistad data de mucho más atrás, cuando estudiaban juntas la carrera de Español y Cultura Latinoamericana.


Hiroko y yo traemos una maleta con cosas que no usaremos ahora, sino más tarde, en Okayama, nuestra segunda escala del viaje. En los aeropuertos japoneses, es posible mandar maletas con anticipación a determinado destino, usando los servicios de paquetería. Aparentemente también es posible hacer lo contrario: enviar la maleta al aeropuerto, antes de que uno llegue ahí.


Una de tantas tienditas en la terminal de llegadas. Al cruzar la Línea Internacional del Tiempo, ya no es 23 sino 24 de Diciembre, es decir, Nochebuena. 


Pero ¿por qué venden verduras en este puesto? Verduras en el aeropuerto... de todas las cosas.


Satomi me regala un helado de mochi; generalmente el mochi es una bolita blanca como del tamaño de la mitad de una bola de golf; se supone que se mete a un caldo, donde se hincha y come se caliente;  tiene una consistencia entre chiclosa y cremosa. Esto era una cubierta de mochi sobre un helado de vainilla... una de tantas síntesis culturales que iré encontrando a través del viaje.


Los sanitarios japoneses. Supongo que no requieren explicación de lo que este símbolo significa.


El sanitario tiene calentador y "control remoto".


Aunque si uno es un oriental tradicional, también tiene opciones.



Junto a la salida del sanitario, mi primera de muchas máquinas expendedoras. Aunque es de Coca-Cola, refresco (soda) es lo que menos se vende. Contrastemos esto con las opciones que se encuentran en las máquinas americanas.

Tras sacar dinero, nos dirigimos al tren que nos llevará a la ciudad en sí.

Hay varias opciones, pero tomamos la que parece más adecuada: el "SkyLiner", que nos llevará a Tokyo en cosa de media hora. 




En el limpísimo tren, los asientos van de dos en dos y se pueden rotar, lo cual es conveniente para grupos como el nuestro.

Por fin llegamos a una estación, donde transbordamos a otro tren, y luego a otro metro, y a otro... En Tokyo hay que moverse rápido, o eres un estorbo, una roca que obstaculiza el flujo de la gente. La cultura japonesa es una de evitar conflictos, así que hacer lo mismo que ellos es lo mejor que se puede hacer, sobre todo si eres recién llegado y vas de prisa con un par de maletas.

En su mayoría, las plataformas se conectan con escaleras eléctricas, aunque tomamos elevador cuando fue posible. En una de las veces en que no lo fue, atropellé a una señora con el carrito de la maleta. Ella me miró rencorosa y me dirigió una palabra que, afortunadamente, no entendí ni recordé. Quizás fue la única vez en mi visita que sentí cierto rencor hacia mi persona.


Tener guías fue invaluable en este momento. Los sistemas combinados de trenes que forman la columna vertebral del tránsito en Tokyo son una maraña difícil de entender para el extranjero. Aunado esto al "moverse rápido", es entendible que la experiencia pueda resultar aterradora.


Hay tres sistemas principales de tren urbano: el Tokyo Metro, el Toei Metro y las líneas de tren de JR (Japan Railways); estos últimos funcionan más bien como trenes de cercanías, con la notable excepción de la línea Yamanote, una ruta circular que vincula los puntos neurálgicos de la urbe y, por lo tanto, siempre está abarrotada.


Es cierto: los asiáticos se ponen tapabocas, quizás no tanto para evitar contraer enfermedades, sino más bien para evitar contagiar a otros.


Letrero en el Toei. Es de mala educación maquillarse en el Metro. 


Al fin llegamos a nuestro hotel - más bien un hostal, ubicado en el corazón de la metrópoli. 


El costo es barato, pero la atención es amable (una constante en este país); además, este hotel está dirigido principalmente a extranjeros.

Yo ya quiero dormir... pero el tiempo es corto y hay que aprovecharlo. Así que tras dejar las maletas y hacer un breve intercambio de regalos, vamos a un lugar cercano a cenar.


Nos sirven una especie de ramen con chuletas y caldo de cerdo que es, aparentemente, una especialidad de la isla de Shikoku. El local olía raro (quizás por el cerdo) pero estaba calientito, un oasis en una noche muy fría. A la extrema derecha de la siguiente foto está Satomi, una de nuestras amigas.


Tras comer nuestro ramen - y en consecuencia subir nuestras temperaturas corporales - nos dirigimos a las entrañas del metro para conquistar nuestro siguiente objetivo.