28 ene 2006

Poco tiempo para postear, muchas ideas para mi blog. Damn it, el trabajo nunca se va a acabar, de modo que comenzaré con una de las ideas que me vienen rondando la cabeza. Un cuento. Un cuento corto, para ustedes, estimables lectores y compañeros blogueros. No tengo nada planeado, realmente; solo sé que hace rato que no me doy el lujo de escribir algo de eso que escribo a veces y que remotamente tiene parecido con la verdadera literatura. Pero bueno. Al menos divierte...

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Este cuento comienza en el año de... bueno, realmente el año no importa. No le importó al menos a J. Este personaje, J., ya estaba harto de vivir consigo mismo. Y, bueno, es que la vida en una isla desierta no es mala - siempre hay qué comer, agua fresca, pocos predadores - pero realmente necesitaba volver.

¿Volver a dónde? El sabía que, más allá del mar, existía una multitud de seres como él; sabía qué eran las películas, los carros y los artistas de telenovela. Al menos creía saberlo, según los relatos que le hacía su madre cuando era niño, y según las ilustraciones de los pocos libros que habían sobrevivido al accidente.

Sí, había construido una balsa alguna vez. Era hábil en el mar: nunca, sin embargo, se había aventurado a descubrir ese mundo, "la civilización" de la que tan nostálgicamente hablaban sus padres. Mamá murió hace tres años, Papá hace dos. J. tenía como dieciséis, pero en muchos sentidos ya era un hombre, y el hombre debe estar con los demás hombres.

Realmente la idea no era nueva: ¡tan hermosa debe ser la civilización!, se decía. ¡Terrenos amplios, donde la tierra nunca se acaba y no puedes recorrerla en un día! ¡Máquinas capaces de llevarte de un lado a otro sin cansarte! ¡Personas que no pasaban fríos, que poseían conocimiento, que sabían leer! Pero era impráctico: la supervivencia es una tarea dura cuando se es un, único, frágil ser humano.

Un día amaneció en su mente la idea de que sería posible lograrlo. J. no era letrado, pero sí muy ingenioso. Sus balsas rudimentarias comenzaron a tomar más forma: más troncos, más fuertemente unidos; un timón más grande... y recuerdo que en aquel libro hay un dibujo de un barco que tiene una tela arriba; seguro que sirve para empujarlo; ¿cómo podré conseguir una..? Y hay que recoger fruta, mucha fruta, y cocos para poder hacer una expedición. Juntaré todos los que pueda y me lanzo al mar... y seguro que si yo espero ver a la civilización, ¡ella me esperará a mí! Claro, ¿cómo pensarlo de otra manera? ¡Ahora sí, ya no puedo esperar más a encontrarme con esa gente que es como yo, como Mamá, como Papá! ¡Hoy siento que puedo... mañana zarpo!

Y así fue. Hojas de plátano unidas entre sí con lianas formaron una vela rudimentaria. Fruta abundante y cocos para unos diez días (como la civilización debe estar muy lejos, hay que poner toda la que quepa); además, ya podría pescar en el camino. Zarpó al amanecer. No había nada qué lamentar: sabía guiarse con las estrellas, como aprendió de pequeño; además, no era temporada de lluvias, y las gaviotas siempre saben el camino de regreso a la tierra. No estoy nervioso, se dijo. Con el corazón en la mano y la mente confiada fue que zarpó.

Pasaron muchos días. Una mañana se dio cuenta J. de que las gaviotas ya no estaban, y fue cuando realmente volvió a sentirse... desesperado. Se dio cuenta de que la civilización no estaba tan cerca, y aunque las estrellas seguían ahí en las noches, otro fue el impedimiento para seguirlas: la sed. Sus cocos se acabaron antier y el agua salada solo empeora las cosas. Estaba sumamente débil. Tanto, que no pudo mantenerse lúcido para esa tarde.

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En medio del océano corrieron las ondas de radio: un muchacho de dieciséis fue hallado flotando en una balsa, muerto. ¿Muerto, dije? No, ¡no está muerto! Los médicos de a bordo nos dicen que podría estar vivo todavía. Parece un salvaje... su ropa está hecha de pieles y no parece ser un nativo. Bajaremos con cuidado para que el aire de las hélices no ponga en peligro la balsa... ¡sujeten el arnés! Con cuidado, con mucho cuidado... eso es, parece que en efecto, está vivo, pero tiene un muy grave caso de deshidratación... ¡preparen el suero, las sondas!

La patrulla militar transportó a J., el salvaje, en cosa de tres horas. J. despertó y se creyó en el cielo: todo era blanco; se sentía mareado, pero estaba acostado en algo tan suave... debe ser el paraíso... Fue entonces que notó la sonda en el brazo. Por suerte estaba celosamente vigilado, y en el momento en que vio a la enfermera tocándolo, aunque no comprendía lo que decía ella, de alguna forma entendió que todo era bueno, y sus ojos se cerraban de nuevo, despidiéndose nuevamente de la lucidez con un pensamiento:

"¿Estoy en la civilización?"


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Bueno. I know I'm a somewhat crappy and clichéd writer, pero... si tienen alguna sugerencia de hacia dónde podría girar esta historia, se aceptan comentarios. ^_^

1 comentario:

Carlitos dijo...

Mi blog es un libro.
Cada capítulo es un post.
Y además, obvio, el índice.
http://mentasalucinantes.blogspot.com

Y después me cuentas.
Saludos!!
Hippel