27/08/2007

La batalla decisiva

La mirada de los generales, frente a frente sobre la mesa de interminable caoba pulida, era indescifrable.

Pavlonia y Marzavia se disputaban las Islas Gogonó, territorio rico en guano y en donde colonos de ambos países se habían establecido. Las relaciones entre los países vecinos se fueron deteriorando hasta llegar a este momento.

Vestido de azul marino, el almirante Méneses aconsejaba a su condecorado superior.

- Señor... no podemos ceder. Este tiene que ser el golpe decisivo.

Efectivamente, el General Garzón sabía la importancia de la mesa de negociaciones... sobre todo en las circunstancias actuales. Durante la contienda, ninguna de las dos armadas navales había mostrado signos de flaquear ante el enemigo, aparentemente. La verdad es que, en las circunstancias en las que se había librado la contienda, era imposible para el enemigo saber con exactitud la situación de la flota contrincante. Sin embargo, tanto el pavlonio Garzón como Dióstenes Meredúz, el Gran Almirante marzovita, conocían el tamaño original de ambas flotas. Ambos sabían que, sin decirlo, los barcos se habían ido hundiendo uno a uno, tanto de uno como de otro lado... y que la contienda estaba por terminar. Y esto los llevaba a este momento.

Los bigotes de Meredúz se estremecían ligeramente, acaso de miedo, acaso de rapaz excitación. Rodeábanlo sus cinco almirantes, discutiendo desde su lado de la mesa, si bien en voz baja.

Las condecoraciones sobre los anchos pechos de los generales parecían competir en fulgor y presunción de méritos ganados, de victorias por los respectivos pueblos.

Garzón, aún con mirada impenetrable, miró una vez más los datos que se le mostraban en la mesa. Eran inequívocos: tan solo un acorazado de su marina seguía en condiciones de luchar... si bien su ubicación había sido eficientemente ocultada de los ojos de "los grises". Garzón supo que Meredúz también lo sabía. Pero no era momento de echarse atrás. No, era imposible.

Porque Garzón sabía que a Marzavia tampoco le quedaban muchas fuerzas para luchar.

La lujosa lámpara sobre ellos brillaba firme. Sin embargo, el tiempo llegaba a su fin... era momento de atacar. Tenía que arriesgarse.

El general azul cambió de posición y miró a los ojos a Meredúz, cuyo bigote dejó de vibrar. Sus almirantes callaron. Méneses calló. Garzón tomó su pluma y garabateó algo en un papel.

Méneses vio la proposición. Era arriesgada... sin embargo, tan buena como cualquiera otra. Las posibilidades de triunfar, a fin de cuentas, no eran muchas para ningún lado. Pavlonia decidiría atacar con todo. Por muy arriesgado que fuera, su consejo se resumió en asentir con la cabeza.

Garzón cerró los ojos un momento, como tomando impulso, para levantarse de súbito y con aire soberbio exclamó directamente a su adversario:

-¡D7!

- Barco hundido. ¡Maldito viejo lobo de mar! - exclamó Méneses, dando un puñetazo a la caoba y tumbando su tablero de "Batalla Naval", para momentos después abandonarse a una carcajada de buena gana. - ¡Muy buena batalla, como de costumbre, Garzón!

- No podía ser de otro modo - sonreía el victorioso. - Pavlonios y marzavitas nos hemos entrenado juntos por generaciones.

- Por nuestra parte, estaremos listos para desalojar las islas en... cosa de tres semanas, supongo - afirmó Méneses, no sin un dejo de decepción.

- Hmm... quizás no haya necesidad. Nuestro pueblo sabe reconocer a quienes pelean con honor. Ya negociaremos sobre el guano; estoy seguro de que las capacidades energéticas podrán ayudar a ambos pueblos.

- Aprecio su amabilidad, Garzón. Tampoco esperaba menos de usted. Aunque como militar, mi orgullo...

- Lo sé, extraño también las antiguas guerras, pero no tanto como aprecio nuestra paz. ¿No cree usted?

- Definitivamente. Todo por nuestras patrias.

- Todo por ellas. ¿Whisky?

Fluyeron los espíritus etílicos en la mesa de los generales.

1 comentario:

52X Max dijo...

jajaja, yo soy más bien fan del monopoly y del maratón... aunke recuerdo cierto encuentro de pictionary tmb