20/01/2012

Kinkakuji, el Pabellón Dorado.


Frente al lugar donde comimos, nos unimos a la confluencia de peregrinos y turistas que, como nosotros, visitaban uno de los más hermosos templos de Kyoto: el Kinkakuji o Pabellón Dorado. Este es uno de los Patrimonios de la Humanidad que guarda esta ciudad.  



No obstante la gran cantidad de gente que se arremolina en los parajes sagrados (y el hecho de que no se puede entrar al pabellón en sí), uno no puede dejar de ser inundado por la intensa naturaleza, el orden en el caos, la sencillez que empapa la estética del lugar, reflejando la filosofía zen de sus constructores y cuidadores.





Prefiero no abrumarlos con palabras y, así, tratar de reproducir un poco la experiencia que nosotros tuvimos en el lugar.









Billete de entrada, que también es un pensamiento budista.



El Pabellón Dorado. Cada uno de los pisos tiene una arquitectura diferente. 






Ya nos íbamos del "lugar de fotografía" cuando el sol quiso asomarse por entre las nubes y darle al Kinkakuji su mayor esplendor.


















Tienda de recuerdos.


Inclusive en la tienda el techo es natural, cubierto con musgo.




Muchos parajes que huelen a sagrado.









Pasando el recinto visitable del Kinkakuji (hay toda una serie de edificios "normales", pero el acceso es restringido) hay un templo, donde hacemos los rituales tradicionales.









La salida del templo. La pila de mi cámara comienza a agotarse... pienso en pasar por un café para recargar la pila, pero eso no sucederá.



 Quizás sea un indicativo de que debo preocuparme menos por lo que viene, por preparar fotos para mi blog o para mí, siendo que no es como que todas las veré... y en vez de esto, concentrarme en el presente,  disfrutar el momento, convivir con lo que tengo alrededor. 

Con esa mentalidad, fuimos confiados a la siguiente parada.

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Mañana: otro impresionante templo zen.

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